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Perspectivas Sobre Fátima
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El Cardenal habla otra vez sobre Amoris Laetitia

¿Cuánto tiempo más continuará este juego?

por Christopher A. Ferrara
el 2 de febrero de 2017

En dos columnas anteriores sobre este tema, que se pueden leer aquí y aquí, discuten la venda con la que el Cardenal Gerhard Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), parece haber puesto sobre sus ojos – o en que se le ha impuesto por la fuerza a otros – con respecto a la abertura descarada en Amoris Laetita (AL) a la Sagrada Comunión concedida a adúlteros públicos en "segundos matrimonios", en particular en citas claves encontradas en el Capítulo VIII, ¶¶ 300-305. Müller insiste en que no hay nada errada con AL, que el documento está de acuerdo con la enseñanza tradicional, y que las dubia que los cuatro cardenales (Brandmuller, Burke, Caffarra y Meisner) han presentado no tienen fundamento y son hasta temerarias.

Pero ahora hay una entrevista de Müller publicada en la revista italiana "Il Timone" en la que, como el siempre-astuto Sandro Magister señala, el Cardenal se ha claramente emprendido una corrección furtiva de Francisco. No hay duda razonable de que Müller está apuntando a precisamente aquella interpretación de AL respecto a la cual Francisco mismo ha declarado que "no hay otra interpretación": es decir, que en "ciertos casos" personas involucradas en adulterio continuo, llamado un "segundo matrimonio", pueden comulgar, basado en el juicio subjetivo de la conciencia individual por medio del "discernimiento" (AL ¶¶ 300-305) mientras ellos persisten en relaciones carnales adúlteras.

Considerad estas preguntas y respuestas de la entrevista (traducción de Magister):

P: ¿Puede haber una contradicción entre doctrina y conciencia personal?
R: No, esto es imposible. Por ejemplo, no puede decirse que haya circunstancias según las cuales un acto de adulterio no constituye un pecado mortal. Para la doctrina católica, es imposible para el pecado mortal coexistir con la gracia santificante. Para superar esta contradicción absurda, Cristo ha instituido para los fieles el Sacramento de la penitencia y reconciliación con Dios y con la Iglesia.
P: La exhortación de San Juan Pablo II, "Familiaris Consortio", estipula que parejas divorciadas y re-casadas que no pueden separarse para que esto les habilite comulgar, deban por lo tanto, comprometerse a convivir en continencia. ¿Está aún válido ese requisito?
R: Por supuesto, no es dispensable, porque no es apenas una ley positiva de Juan Pablo II, sino la expresión de un elemento esencial de la teología moral cristiana y la teología de los sacramentos. La confusión sobre este punto también tiene que ver con la inaceptación de la encíclica "Veritatis Splendor", con la doctrina clara de la "instrinsece malum" […] Para nosotros el matrimonio es la expresión de participación en la unidad entre Cristo el desposado y la Iglesia su desposada. No es, como algunos dijeron durante el Sínodo, una simple analogía vaga. ¡No! Es la sustancia del sacramento, y ningún poder en el cielo o en la tierra, ni un ángel, ni el papa, ni un concilio, ni una ley de los obispos, tiene la facultad de cambiarla.

Esto es realmente asombroso. Müller aquí declara "imposible" y una "contradicción absurda" la mismísima cosa que (y sabe muy bien que) Francisco ha autorizado explícitamente en su carta a los obispos de Buenos Aires y también ha autorizado implícitamente por su publicación en L'Osservatore Romano de las "directrices" de los obispos malteses permitiendo – mejor dicho – asignando como mandato – la admisión a la Sagrada Comunión de cualquier fiel que "discierne" que él "estuviera en paz con Dios" a pesar de que esté cometiendo adulterio.

Además de eso, Müller afirma que la enseñanza de Juan Pablo II sobre la "imposibilidad intrínseca" de adúlteros públicos comulgando sin una enmienda de vida "no es dispensable" y "porque no es apenas una ley positiva de Juan Pablo II", sino también "un elemento esencial de la teología moral cristiana y la teología de los sacramentos".

Finalmente, y más asombroso de todo, Müller declara que "ni un ángel, ni el papa, ni un concilio, ni una ley de los obispos, tiene la facultad de cambiar" la mismísima disciplina eucarística cuyo derrumbamiento Francisco claramente permite. Aquella revolución ahora está siendo llevada a cabo – con la aprobación obvia de Francisco – en Buenos Aires, Malta, Alemania, Austria, ciertas diócesis estadounidenses, la mismísima Diócesis de Roma y un número cada vez más creciente de otros lugares a lo largo y ancho del mundo católico – mientras otras diócesis intentan mantener la enseñanza y disciplina tradicionales contra la tormenta que Francisco ha desencadenado.

Y con todo, en esta entrevista más reciente, Müller continua pretendiendo que lo que está sucediendo no tiene nada que ver con Francisco y su documento desastroso. En vez de eso, echa la culpa a "tantos obispos" por "interpretar 'Amoris Laetitia' según su modo de comprender la enseñanza del papa. Esto no mantiene la línea de la doctrina católica". ¡Por favor! Es la comprensión explícitamente afirmada del Papa de su propia enseñanza, comunicada por escrito a los obispos de Buenos Aires, que no "mantiene la línea de la doctrina católica"

Müller continua: "El magisterio del papa es interpretado sólo por él o a través de la congregación para la doctrina de la fe. El Papa interpreta a los obispos, no son los obispos los que interpretan al papa, porque esto constituiría una inversión de la estructura de la Iglesia católica". Pero Francisco ya ha dejado claro a los obispos que "no hay otra interpretación" de AL que aquella que ahora está siendo implementada en las diócesis revolucionarias, sobre la cual Francisco ha proporcionado nada sino un semáforo verde.

Los obispos a quienes Müller intenta responsabilizar únicamente para el desastre cuyo origen es el propio documento del Papa son, dice Müller, "a riesgo de ser ciegos conduciendo a otros ciegos". Pero ¿qué hay del Papa de quien dice "no hay otra interpretación" de Al que la misma que han dado al documento?

Con candidez singular, Müller advierte a los obispos siguiendo el liderazgo de Francisco evitar "entrar en cualquier casuística que pueda fácilmente generar malentendidos, sobre todo que, si el amor muere, entonces el vínculo matrimonial está muerto. Estos son sofismas: la Palabra de Dios es muy clara y la Iglesia no acepta la secularización del matrimonio". Pero la casuística en cuestión emerge directamente de las páginas de AL, ¶¶ 300-305: es decir, que a través de "discernimiento" de la "complexidad de los nuestros límites" un adúltero público, en particular, puede considerarse aliviado de pecado mortal y ser admitido a la Sagrada Comunión mientras continua en relaciones sexuales con alguien con quien no está casado, mientras otro adúltero público no puede ser considerado admisible porque sus "limites" son insuficientes para excusar su adulterio. Y ¿qué es esto sino una especie de casuística neo-farisaica, tal y como sugiere Mons. Athanasius Schneider?

Y, finalmente, la pretensión que fundamenta esta farsa entera: "No es 'Amoris Laetitia' la que ha provocado una interpretación confusa, sino algunos interpretes confundidos del documento". A la luz de los eventos que han seguido en sucesión rápida inmediatamente después de la publicación de AL, incluso las propias afirmaciones del Papa, el Cardenal Müller no puede esperar que cualquier fiel razonablemente informado considere su afirmación con seriedad.

Por eso, la pregunta se plantea: ¿Por cuánto tiempo más continuará este juego? Es decir, ¿por cuánto tiempo más facilitará Müller las maquinaciones claramente subversivas de Francisco pretendiendo falsamente que Francisco no aprueba su implementación por los mismísimos obispos que son sus colaboradores obvios?

Müller mismo declara que "ni un ángel, ni el papa" tiene el poder de cambiar la enseñanza que ahora está siendo derrumbada en diócesis tras diócesis. El momento ha pasado hace mucho para que Müller, juntándose con los cuatro cardenales valientes que han públicamente presentado sus dubia a Francisco, dejase caer el pretexto e hiciese todo lo que está en su poder, tanto pública como particularmente, para enfrentar el colapso rápidamente esparciendo la disciplina sacramental tradicional a su fuente asombrosa: el ocupante actual de la Silla de San Pedro.




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