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Perspectivas Sobre Fátima
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Un caso de estudio de la sofistería:
Mons. McElroy de San Diego habla de las últimas elecciones

por Christopher A. Ferrara
el 7 de febrero de 2017

La “sofistería” es el uso de una “argumentación o razonamiento sutilmente engañoso…que parece plausible en un nivel superficial pero que en realidad es defectuoso, o es un razonamiento empleado para engañar”. La palabra deriva del griego sophistēs, los listos “hombres sabios” con quien Sócrates tuvo que contender durante los diálogos en los cuales él sacaba a la luz muy metódicamente sus errores.

El sofisma, lamento decirlo, ha llegado a ser el capital de los obispos estadounidenses liberales que, durante el último medio siglo, han funcionado como portadores del féretro para la Iglesia militante en este país, disminuyendo esencialmente el papel de la Iglesia ad extra a lo que Antonio Socci ha llamado un “asistente social” al Nuevo Orden Mundial.

Por eso, mientras cuidadosamente dan la vuelta a las restricciones impuestas por la Enmienda Johnson, los obispos liberales, que constituyen casi todo el episcopado estadounidense (por supuesto hay excepciones nobles), hicieron todo lo posible por socavar la candidatura de Trump mientras apoyaban la perspectiva de la elección de Hillary. Para hacerlo, eran necesarios muchos sofismas que disfrazasen lo que los obispos, en verdad, estaban haciendo: dando su apoyo a la candidatura de una proponente fanática del asesinato en masa de niños en el seno materno, hasta el momento de su nacimiento. 

Obra expuesta A: Mons. Robert W. McElroy, a quien el Papa Francisco elevó a su cargo de actual Obispo de San Diego. McElroy es conocido como uno de los “obispos de Francisco” con quienes el Papa Bergoglio está sistemáticamente sembrando el episcopado mundial. Un “obispo de Francisco”, de acuerdo con las propias palabras de Francisco sobre el tema, no está “obsesionado” con los males intrínsecos del “aborto, del casamiento gay y del uso de métodos anticonceptivos”. No, un obispo de Francisco está “obsesionado” por otros asuntos, como leyes de inmigración – ¡las fronteras deben de estar abiertas! – la igualdad de empleo, y el “racismo” que supuestamente está por todos lados. Cuanto a la matanza de los inocentes exigida por personajes malvados como Clinton…Pues bien, no está tan obsesionado por eso.

Y así, durante la última campaña presidencial, McElroy, con una sofistería completa, arguyó que sería “simplista” decir que “la enseñanza católica exige para los propósitos de la votación, que la oposición política a los actos intrínsecamente malos como el aborto, la eutanasia y la experimentación embrionaria, debe ser dada prioridad automática sobre todas las otras cuestiones”.

Ahora, “simplista” es una palabra favorita del sofista. La despliega cuando procura empequeñecer una proposición que, en realidad, es apenas la verdad. Y, por supuesto, es la verdad que el votante católico debe dar prioridad en la votación a las “cuestiones de vida” y que hay un deber supremo de oponerse a políticos que apoyan la legalización del asesinato. Tal y como el Papa Benedicto XVI enseñó en el contexto del proceso político, las enseñanzas de la Iglesia sobre la vida, el matrimonio y la familia son todas innegociables:

“El enfoque principal de sus intervenciones [las de la Iglesia] en el foro público es la protección y promoción de la dignidad de la persona, y ésta está por eso concienzudamente llamando la atención particular a los principios que no son negociables. Entre ellos, los siguientes emergen claramente en la actualidad:

“- la protección de la vida en todas sus etapas, desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural;

“- el reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia – como siendo una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio – y su defensa contra todas las tentativas de hacerla jurídicamente equivalente a formas de unión radicalmente diferentes que en realidad le hacen daño y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel social insustituible;

“- la protección del derecho de los padres de educar a sus hijos”.

No es de extrañar que Francisco no está de acuerdo con Benedicto (así como todos los antecesores de Benedicto). Como Francisco ha declarado durante una de sus innumerables entrevistas de prensa: “Nunca he entendido la expresión ‘valores innegociables’. Los valores son valores y eso es todo”.

Con todo el debido respeto, esa afirmación por sí sola es un sofisma. Obviamente, algunos valores son sí negociables por ser de una orden inferior que el valor de la vida humana. Por ejemplo, el valor de la justicia en relaciones laborales, mientras un elemento clave de la enseñanza social católica, no obstante, está sujeto a negociaciones razonables entre empleador y empleado o comercio y gobierno sobre asuntos tales como salarios, reparto de beneficios y condiciones de trabajo. Por otra parte, el valor de la vida humana, que es infinito, no está sujeto a un compromiso bajo circunstancia alguna; el asesinato directamente intencionado de niños en el seno materno es malo siempre y en todas partes. La santidad de la vida es, por eso, precisamente como Benedicto dice: innegociable.

Pero McElroy, siendo un “obispo de Francisco”, sigue la línea de quien le instaló como ordinario de San Diego. Por eso, acerca de la priorización “simplista” de las cuestiones del aborto, de la anticoncepción y de la eutanasia en la votación católica – todos ellos males intrínsecos a los que los católicos deben oponerse – escribe él:

“La lista de males intrínsecos especificados por la enseñanza católica incluye no sólo el aborto, el suicidio asistido por el médico, y la experimentación embrionaria sino también medidas que explotan a los trabajadores, introducen o perpetúan condiciones de vida inhumanas o promueven el racismo. Es extremamente difícil, y a menudo completamente imposible, hallar candidatos cuyas políticas no promuevan una variedad de estos males en la vida estadounidense”.

Eso es un sofisma hábil. Notad la confusión entre “el aborto, el suicidio asistido por un médico y la experimentación embrionaria” – todos ellos formas de asesinato – con las apenas no especificadas “medidas que explotan a los trabajadores, introducen o perpetúan condiciones de vida que promueven el racismo”. ¿Cuáles medidas? ¿Qué quiere decir McElroy con “explotar a los trabajadores” o con “racismo”? ¿Cuáles condiciones de vida son “inhumanas” a diferencia de las tolerables, aunque sean pobres – un criterio, además, que varía de un lugar a otro? ¿Cómo sabríamos cuáles, si es apenas una, de las “medidas” a las que McElroy se refiere sean realmente males intrínsecos y no discutibles políticas públicas tales como restricciones contra la inmigración o un salario mínimo?

Notad también cómo McElroy coloca de modo furtivo bajo el mismo paraguas de “estos males” tres formas de asesinato directo, por un lado, y asuntos de justicia social bastante amorfos por otro lado – como si todos ellos involucrasen en el mismo nivel moral actos intrínsecamente malos por autores individuales. Esto es también una confusión de categorías astutamente disfrazada, entre actos humanos deliberadamente intencionados por un agente hacia otro, tal como el asesinato, y los efectos discutibles de posturas de políticas públicas sobre asuntos puramente contingentes tales como controles de inmigración. (La legalización del aborto, por supuesto, no está en la última categoría, porque involucra el asesinato directamente intencionado de personas inocentes).

Pero McElroy procede con un argumento aún más sofisticado con el siguiente razonamiento especioso:

“Aún más importante, un defecto fatal de la categoría del mal intrínseco como una fundación para priorizar los elementos principales de las buenas mentiras comunes políticas está en el hecho de que mientras el criterio del mal intrínseco identifica actos humanos específicos que nunca pueden justificarse, no es una medida de la gravedad relativa de mal en los actos humanos o políticos.

“Algunos actos intrínsecamente malos son menos gravemente malos que otras acciones intrínsecamente malas. La acción intrínsecamente mala puede ser también menos gravemente mala que otras acciones que no caben en la categoría del mal intrínseco. Por ejemplo, decir cualquier mentira es intrínsecamente malo, mientras que lanzarse a una guerra considerable no lo es. Pero sería moralmente obtuso proponer que decir una mentira insignificante a los electores debe contar más en el cálculo de la votación que la política de un candidato que va a la guerra”.

Para decirlo coloquialmente: ¡Qué va! El argumento es risible: porque algunos males intrínsecos son menos serios que otros, y ningún mal intrínseco, no importando cuán nefando sea, puede determinar un voto contra su proponente político. Pero un político que miente difícilmente puede compararse con un político, como Hillary Clinton, que promueve la matanza de niños inocentes e indefensos aun cuando están a punto de nacer. Ni puede constituir un acto intrínsecamente malo “lanzarse a una guerra considerable” si la guerra es justa y porque librar una guerra es un asunto eminentemente discutible de juicio prudencial, como la Iglesia siempre ha enseñado. En efecto, McElroy socava su propia sofistería por señalar que algunos actos intrínsecamente malos, como las mentiras comunes de los políticos, no suben al nivel del aborto y eutanasia y por eso no podrían determinar razonablemente decisiones sobre cómo votar.

Por lo tanto, ¿Cuál es el propósito de la sofistería de McElroy? Al lector perspicaz debe serle evidente: un católico no necesita votar a un candidato pro-vida como Trump debido a su posición sobre tales cuestiones como la inmigración y “racismo” pero puede, sí, votar a un candidato por-muerte como Clinton por su postura sobre la inmigración y el “racismo” porque – este es el sofisma – todas estas cuestiones son moralmente equivalentes. O, dicho de otra manera: un católico puede votar a un político que propone el asesinato en masa de los inocentes y hasta exige que los contribuyentes subvencionen la matanza, con tal de que este mismo político diga banalidades de justicia social que son gustosas al episcopado liberal estadounidense, incluso el llamado a “fronteras abiertas” y la condenación del “racismo” – uno de los epítetos más abusados y sin sentido en el discurso político estadounidense. En resumen, seguid adelante y votad por Clinton – que yo apostaría que lo hacen la mayoría de los obispos estadounidenses.

Con obispos tales como McElroy, las posibilidades de que la Iglesia prevalezca en la Kulturkampf estadounidense son menos que cero. Por eso quiero decir que en realidad son cómplices de la persecución de la Iglesia por el equivalente del régimen de Bismarck en EEUU. Aun después de la victoria de Trump están luchando todavía contra él y a favor del régimen político que Obama representaba. Por consiguiente, no hemos oído de estos tontos obispos ni una palabra de alabanza acerca de las decisiones pro-vida de Trump desde su elección, sino muchas de sus quejas sobre la política de inmigración.

Sin embargo, gracias a Dios que la Iglesia no es apenas una institución meramente humana. El Espíritu Santo al fin sanará el daño infligido por estos hombres – y hasta el daño infligido por el Papa que se atrevió a instalarlos como sucesores de los Apóstoles.




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