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Próximo en la caja de bateo:
¿mujeres sacerdotes?

por Christopher A. Ferrara
el 8 de febrero de 2017

El pontificado del Papa Francisco continúa precipitándose hacia adelante como un tren a toda velocidad fuera de control, aplastando todos los obstáculos en su trayectoria, incluso la enseñanza de sus dos antecesores inmediatos que afirman la prohibición doble-milenaria contra la Sagrada Comunión dada a adúlteros públicos, y contra la soberanía secular de los Caballeros de Malta.

Pero pensaríamos que ciertos obstáculos son realmente inamovibles, tales como la declaración de Juan Pablo II contra la ordenación de mujeres sacerdotes en su Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis:

“Si bien la doctrina sobre la ordenación sacerdotal, reservada sólo a varones, sea conservada por la Tradición constante y universal de la Iglesia, y sea enseñada firmemente por el Magisterio en los documentos más recientes, no obstante, en nuestro tiempo y en diversos lugares se la considera discutible, o incluso se atribuye un valor meramente disciplinar a la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a tal ordenación.

“Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.

Esta afirmación tiene la asignación de una definición infalible de la doctrina católica: el Papa invoca su plena autoridad apostólica, declara un fin a todo debate sobre la cuestión, y manda a los fieles sustentar definitivamente que las mujeres no pueden ser ordenadas. Fijados, esto no es apenas porque Juan Pablo II lo dijo, sino porque la Iglesia misma siempre lo ha sostenido puesto que ella no posee “ninguna autoridad” – es decir, ninguna autoridad que proceda de Cristo – para ordenar mujeres como sacerdotes.

Pero eso era entonces, y ahora viene Francisco, quien no parece considerarse vinculado a ninguna enseñanza de sus antecesores que esté en conflicto con su “visión” personal de la Iglesia, incluso su “sueño” de “un impulso misionero capaz de transformarlo todo, de tal modo que las costumbres de la Iglesia, modos de actuar, tiempos y horarios, lenguaje y estructuras pueden ser adecuadamente canalizadas hacia la evangelización del mundo de hoy, en lugar de su auto-conservación”. (Notad la oposición asombrosa que Francisco establece entre su sueño, por una parte, y la auto-conservación de la Iglesia por otra.)

Por increíble que parezca, ahora Francisco está mandando globos sonda sobre la imposible ordenación de mujeres. Este desarrollo es discutido por el renombrado periodista católico y observador vaticanista Sandro Magister. Magister, que no acostumbra hacer afirmaciones extravagantes, acaba de publicar un artículo provocador titulado “Lo más reciente de Santa Marta. Puertas abiertas para las mujeres sacerdotes”.

Magister comienza haciendo notar que Francisco parece sostener la enseñanza irreformable de la Iglesia cuando, durante una de sus conferencias de prensa en directo siempre propensas a estallar, que él insiste en presentar, dijo que “Para la ordenación de mujeres en la Iglesia católica, la última palabra clara fue dada por San Juan Pablo II, y aún se sostiene”. Pero ahora se ha publicado un artículo en “La Civiltà Cattolica”, la revista jesuita aprobada por la Santa Sede y editada por el “portavoz extra-oficial” compañero jesuita del Papa Bergoglio, el Modernista Antonio Spadaro, que proporciona un indicio muy perturbador de que Francisco no piensa que “la última palabra clara” sobre la ordenación de mujeres es lo mismo realmente que “la última palabra”.   

En el artículo, el editor auxiliar Giancarlo Pani, otro Jesuista Modernista como su jefe Spadaro, desdeña no sólo la definición infalible de Juan Pablo II sino también una afirmación ulterior de la Congregación para la Doctrina de la Fe que contestó afirmativamente a la pregunta de si la definición podía ser “considerada perteneciente al ‘depósito de la fe’” – significando que “debe ser sostenida siempre, en todas partes, y por todos los fieles”. Por eso: es un dogma católico.

Pani arguye que “[d]ificultades con la aceptación de la respuesta han creado ‘tensiones’ en las relaciones entre el magisterio y la teología, acerca de los problemas conectados”. Sí, ¿y qué? Aquellas “dificultades” y “tensiones” son totalmente irrelevantes. El asunto está cerrado.

Pero no cerrado para Pani o para Spadaro. Pani es quisquilloso en que la respuesta afirmativa de la CDF fue apenas la primera vez que la Congregación había recurrido al documento Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre la autoridad vinculante de la enseñanza pontificia. Pero eso es otro ¿y qué? porque la infalibilidad de cualquier declaración pontificia no depende en nada de Lumen Gentium. El dogma de la infalibilidad papal, incluso sus requisitos precisos en cómo se comunican declaraciones papales – cuyos requisitos Juan Pablo II cumplió en Ordinatio Sacerdotalis – fue definido ya por el Concilio Vaticano Primero.

Luego Pani gira directamente a la herejía: “El hecho histórico de la exclusión de mujeres al sacerdocio a causa del ‘impedimentum sexus’ es innegable. No obstante, ya en 1948, y por eso bien antes de las disputas de los años 60, el Padre Congar señaló que ‘la ausencia de un hecho no es un criterio decisivo para concluir prudentemente que en todos los casos la Iglesia no lo hará nunca’”.

Y ¿quién es el Padre Congar? Apenas otro Modernista que infamemente declaró que con el Vaticano II “la Iglesia tuvo su Revolución de Octubre” La opinión de Congar, ahora fallecido, no tiene valor, y de todas formas es totalmente anulada por Ordinatio Sacerdotalis.

Pero va de mal a peor a continuación del artículo de Pani:

“Además, otro teólogo añade, el `consensus fidelium’ de muchos siglos se ha puesto en cuestión en el siglo XX sobre todo a causa de los profundos cambios socioculturales acerca de las mujeres. No tendría sentido argüir que la Iglesia debe cambiar apenas porque los tiempos han cambiado, pero permanece verdadero que una doctrina propuesta por la Iglesia necesita ser comprendida por la inteligencia creyente.

“La disputa sobre mujeres sacerdotes podría ponerse en paralelo con otros momentos en la historia eclesiástica; de todas formas, hoy en día, acerca de la cuestión del sacerdocio femenino, los ‘auctoritates’ o posturas oficiales del magisterio son claras, pero muchos católicos experimentan dificultad en comprender las ‘rationes’ de decisiones que, más que expresiones de autoridad, parecen indicar el autoritarismo.

“Hoy en día hay malestar entre aquellos que no comprenden cómo la exclusión de mujeres del ministerio de la Iglesia puede coexistir con la afirmación y apreciación de su dignidad equitativa…” [pausas de párrafos añadidas]

Hay mucha verbosidad modernista aquí, pero todo se reduce a una sola conclusión: los tiempos han cambiado, por lo tanto, el dogma sobre la imposibilidad de la ordenación de mujeres debe cambiar. Notad que en el proceso de negar que “la Iglesia debe cambiar apenas porque los tiempos han cambiado”, Pani afirma precisamente que la Iglesia debe cambiar porque los tiempos han cambiado. El Modernista está siempre negando aquello que afirma o afirmando lo que niega.

Y aquí Pani afirma la más grande herejía, condenada por el Papa San Pio X en su encíclica piedra de toque anti-modernista Pascendi: que los dogmas católicos pueden evolucionar a través del tiempo. En su Juramento Antimodernista San Pio X exige que todo “el clero, pastores, confesores, predicadores, superiores religiosos y profesores en seminarios filosóficos-teológicos” afirmen, entre otras, la proposición siguiente: “Por esto rechazo absolutamente la suposición herética de la evolución de los dogmas, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio”. Pero el Juramento fue abandonado después del Vaticano II como parte de la misma “Revolución de Octubre” que Congar había aclamado.

Por eso he aquí la conclusión herética de Pani que una enseñanza irreformable de la Iglesia debe ser reformada a la luz de los “tiempos modernos”:

“En el juicio de ‘La Civiltà Cattolica’, por lo tanto, no solo debe la infalibilidad y definitividad del ‘no’ de Juan Pablo II a mujeres sacerdotes sea puesta en duda, pero más importante que este ‘no’ son los ‘desarrollos que la presencia de la mujer en la familia y en la sociedad ha experimentado en el siglo XXI…

“‘No podemos recurrir siempre al pasado, como si hubiese indicios del Espíritu sólo en el pasado. Hoy también el Espíritu está guiando a la Iglesia y sugiriendo la apropiación de nuevas perspectivas’”.

¿Será ésta la conclusión también de Francisco? Magister señala que el artículo de Pani termina declarando que Francisco no “se limita a sí mismo a lo que ya es conocido, sino que quiere cavar hacia el interior de una esfera relevante y compleja, para que sea el Espíritu quien guíe a la Iglesia”. Por eso, si Pani tiene razón, Francisco piensa que “el Espíritu” puede emitir un boletín que cambie los dogmas de la Fe en base a desarrollos sociales recientes.

¿Cuándo acabará esta locura?  Qué Dios nos ayude. Y qué Nuestra Señora de Fátima ruegue por nosotros.




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