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Francisco, fútbol y el sexto mandamiento
¿Qué es más importante?

por Christopher A. Ferrara
el 13 de febrero de 2017

Sí, el Papa Francisco en verdad envió un video mensaje personal al Súper Tazón. ¿Qué tiene que ver el Súper Tazón con el augusto oficio del Vicario de Cristo, divinamente elegido timonel de la única arca de salvación, encargado de la tarea de enseñar, gobernar y santificar a un billón de almas para su bienestar eterno? No preguntéis.

No obstante, Francisco intentó hacer algo espiritual del evento, que incluía un espectáculo mediocre, neopagano, masivo y exagerado, que se aproximaba a la adoración de “Lady Gaga” (née Stefani Joanne Angelina Germanotta) como si ella fuese una especie de semi-divinidad, un estatus que se otorgan generalmente a las principales celebridades estadounidenses.

“Grandes sucesos deportivos como el Súper Tazón de hoy”, dijo Francisco con toda seriedad, “son altamente simbólicos, mostrando que es posible construir una cultura de encuentro y un mundo de paz. Por participar en el deporte somos capaces de ir más allá de nuestro propio auto-interés y de una manera sana, aprendemos cómo sacrificar, crecer en fidelidad y respetar las reglas”.

¡Respetar las reglas! La expresión tiene implicaciones explosivas para el pontificado Bergogliano, que hasta ahora se ha preocupado por menospreciar el “respecto para a las reglas” que la Iglesia ha delineado en obediencia a las instrucciones de Nuestro Señor.

Francisco ha establecido el menosprecio de “reglas” como un tema de su pontificado a partir de su inicio durante la entrevista infame publicada en las revistas La Civiltà Cattolica y America, en que él declaró: “la Iglesia a veces se ha encerrado a sí misma en cosas pequeñas, en reglas estrechas de miras”. Francisco no dijo lo que exactamente quería decir con “reglas estrechas de miras”, pero esta especie de ambigüedad encinta es también temática en el programa bergogliano.

Una y otra vez – casi sin cesar – Francisco ha menospreciado la idea de “reglas” en la Iglesia. Apenas hace un mes, se burlaba de ellas una vez más: ¿“me arriesgo, o sigo a Jesús según las reglas de mi compañía de seguros [es decir de la Iglesia]”? Pero el ápice de la campaña bergogliana contra las reglas en la Iglesia es, por supuesto, Amoris Laetitia (AL). Una antipatía contra las “reglas” se halla a lo largo del documento, incluso la declaración (¶ 301) donde dice que hasta alguien que sabe la “regla” no está necesariamente obligado a seguirla:

“Hay más que está involucrado aquí que apenas ignorancia de la regla. Un sujeto podría bien saber la regla, y no obstante experimentar gran dificultad en comprender ‘sus valores inherentes’, o esté en una situación concreta que no le permita a él o a ella a comportarse de modo diferente y decidir de otra manera, sin cometer pecados adicionales”.

AL por lo menos posee el mérito de haber aclarado exactamente lo que Francisco quiere significar por “regla” en un cierto caso: el Sexto Mandamiento. En efecto, el propósito fundamental del documento, ahora siendo implementado en diócesis tras diócesis, es de “disculpar” sumisión en “ciertos casos” cuanto a las “reglas”: “no cometerás adulterio” y “cualquiera que despidiere a su mujer y se casare con otra, este tal comete adulterio”. Como AL, ¶ 302 afirma: “mientras sustentando una regla general, es necesario reconocer que la responsabilidad para ciertas acciones o decisiones no es la misma en todos los casos”. Y luego la conclusión venenosa, un párrafo después, que no todos estamos obligados a seguir la “regla general”, que queda apenas reducida a un “ideal”:

“No obstante la conciencia puede hacer más que reconocer que una situación específica no corresponde objetivamente a todas las exigencias del Evangelio. Puede reconocer también con sinceridad y honestidad lo que, al presente, es la respuesta más generosa que se puede dar a Dios, y llega a ver con una seguridad moral cierta que es lo que Dios Mismo le está pidiendo en medio de la complejidad concreta de nuestras limitaciones, aunque no sea todavía completamente el ideal objetivo.

Regresando al Súper Tazón: Francisco alaba el fútbol y la participación en actividades deportivas en general porque “somos capaces de ir más allá de nuestro propio auto-interés y de una manera sana, aprendemos cómo sacrificar, crecer en fidelidad y respetar las reglas”. Pero cuando se trata de las reglas delineadas por Dios para la santidad del matrimonio – preceptos negativos de la ley natural prohibiendo el adulterio, siempre y en todos partes – Francisco discierne excepciones misteriosas fundamentas en la “complexidad de nuestras limitaciones”.

El mensaje que Francisco debería haber enviado al Súper Tazón – y a la Iglesia y a todo el mundo – podría haber sido el mismísimo que ya envió, si apenas hubiese sustituido una sola palabra: “por participar en el matrimonio somos capaces de ir más allá de nuestro propio auto-interés y de una manera sana, aprendemos cómo sacrificar, crecer en fidelidad y respetar las reglas.”

Pues bien, el Vicario de Cristo elogia a los jugadores de fútbol por respetar las reglas de fútbol, mientras que pretende disculpar de las reglas divinas delineadas por Dios, a adúlteros públicos objetivos en cuanto a la santidad e indisolubilidad del Santo Matrimonio. Así es la situación asombrosa a la que nos enfrentamos en este pontificado. Y así es la crisis eclesial sin paralelo de la cual este pontificado es sino la etapa más reciente y grave.




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