Perspectivas sobre Fátima

El consejo decepcionante de Socci

por Christopher A. Ferrara
el 17 de marzo de 2017

Nadie ha sido más elocuente e incisivo que Antonio Socci en exponer y justamente criticar – a partir de la perspectiva de la Fe inmutable de nuestros padres – el fenómeno que él mismo ha llamado el “Bergoglianismo”. Su comentario sobre el caos bergogliano es a veces nada menos que abrasador. Y debe ser, frente al atrevimiento ultrajante con el que el Papa Bergoglio constantemente empequeñece a la Iglesia y a los defensores de su ortodoxia, incluso la mofa de sus, se supone, “cosas pequeñas, reglas estrechas de miras”, mientras intenta imponer sobre ella su “sueño” personal de “transformar todo, de tal modo que las costumbres de la Iglesia, modos de actuar, tiempos y horarios, lenguaje y estructuras puedan ser adecuadamente canalizados para la evangelización del mundo de hoy antes que para su auto-preservación”.

Cuán decepcionante entonces, ha sido leer en la columna de ayer de Socci (el 16 de marzo) el “consejo fraterno” de evitar “que cualquiera se agite, especialmente aquellos que lanzan invectivas contra el Papa Bergoglio”  y “los convertidos al anti-Bergoglianismo de la 11ª hora (quienes hasta ayer tal vez pensasen de modo diferente y ahora se levantan como guías intelectuales)”. Socci hasta afirma que “mucho menos debéis de seguirme a mí, que soy apenas un periodista y no un pastor” – socavando así todo su comentario sobre el desastre bergogliano.  

En vez de esto, Socci arguye, debemos seguir “sólo a los pastores. Y a nadie más”. Pero ¿A cuáles pastores debemos de seguir? No al Papa Bergoglio, obviamente, porque en ese caso Socci tendría que retractar todas las palabras que ha escrito contra el programa de Bergoglio. Socci identifica simplemente a “los cuatro cardenales, autores de las dubia, que con tristeza paterna han recordado la Iglesia del Magisterio de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, que es el Magisterio de todos los tiempos”.

Con todo el debido respecto al Sr. Socci, su “consejo fraterno” es un mal consejo. En primer lugar, será realmente necesario, al presente, ofrecer caracterizaciones peyorativas de otros miembros del laicado que son críticos a este pontificado, incluso aquellos que recientemente se han despertado a la realidad de que es un desastre y que “el liderazgo del Papa actual ha llegado a ser un peligro para la fe”? La “invectiva” de un hombre es el criticismo robusto de otro, y en efecto mucho de lo que Socci mismo ha escrito podría rechazarse como “invectiva” sin embargo en verdad da voz a la indignación justa, cuanto la crisis eclesiástica que este Papa ha incitado y continúa exacerbando.

En segundo lugar, y lo que es más importante todavía, el consejo de seguir “sólo a los pastores” – en esencia los cuatro cardinales – está repleto de una severa auto-contradicción interna. Eso es, ¿cómo sabemos que hemos de seguir a los cuatro cardenales y no al Papa Bergoglio a no ser que también sepamos por una fuente independiente (es decir el sensus catholicus y su comprensión de la Tradición) que los cardenales tienen razón y Bergoglio está errado?
En efecto, Socci mismo recurre en la misma columna a las “Sagradas Escrituras, al Magisterio perenne de la Iglesia [y] al Catecismo de la Iglesia Católica”. ¿Cómo sabe Socci que estas fuentes de la Tradición están en contra de las novedades bergoglianas? ¿Será sólo porque cuatro cardenales han levantado cinco dubia cuanto a Amoris Laetitia? En realidad, no. Sabe esto porque es conocedor de la fe y ni necesita de los cuatro cardenales o de ningún pastor en particular para decirle de lo que enseña y lo que claramente la contradice. La Iglesia católica no es una secta gnóstica cuyas doctrinas y sus significados están determinados por los augurios más recientes de dirigentes espirituales.

Además de eso, Socci espera que “todos los pastores de la Iglesia demuestren el mismo amor a Cristo, a la Iglesia, y amor por el bien de las almas” tal como los cuatro cardenales. Pero ¿cómo sabría él que los cuatro cardenales deberían ser honrados como ejemplos de fidelidad para emular, a menos que él también sabe, sin referencia a los cuatro cardinales mismos, que los pastores que no siguen su ejemplo, han hecho caso omiso a sus deberes para con Dios?

Finalmente, una palabra de consejo fraterno a Sr. Socci: No vacile en su testimonio valiente de laico a las verdades de la fe, de que posee conocimiento porque Usted es católico, no porque cuatro cardenales así le han informado. Y después de todo, los cuatro cardenales hasta ahora no han hecho nada más que levantar preguntas a las cuales el Papa no contestará. Es dudoso ahora que ellos en verdad jamás corregirán los errores de Bergoglio.

Tal como sucedió durante la crisis arriana, también ocurre hoy durante la crisis bergogliana: los laicos tienen que tomar un papel de liderazgo en la defensa de la Fe, porque los pastores en su mayor parte han faltado o abiertamente han traicionado su obligación. Para citar al Cardenal Newman a este respecto:

“¡[E]n aquel tiempo de confusión inmensa [la crisis arriana] el dogma sobre la divinidad de Nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido, y (humanamente hablando) preservado, mucho más por la ‘Ecclesia docta’ que por la ‘Ecclesia docens’ ... el cuerpo episcopal fue infiel a su misión, mientras el cuerpo del laicado fue fiel a su bautismo; ... a veces el Papa, otras veces el patriarca, metropolitano, y otras grandes sedes, en otras instancias concilios generales, dijeron lo que no deberían haber dicho, o hicieron lo que obscureció la verdad revelada; mientras, por otra parte, el pueblo cristiano, siguiendo la Santa Providencia, fue la fuerza eclesiástica de Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercellae, y otros grandes confesores solitarios, que habrían fracasado sin ellos”.

En verdad, el correcto consejo fraterno que debe ofrecerse en este momento de la crisis eclesiástica es casi precisamente el opuesto al de Socci: los laicos deben defender la Fe porque los pastores que, se supone, nos conducen, de otra manera fracasarán a menos que tengan nuestro apoyo y sí, también, nuestro criticismo legítimo.

¡Nuestra Señora de Fátima, ruega por nosotros!