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Francisco reescribe la historia de la cura en Betsaida

por Christopher A. Ferrara
el 29 de marzo de 2017

Un elemento principal de lo que Antonio Socci ha llamado el “Bergoglianismo” es la “exégesis” rueda-libre del Papa Bergoglio de las Sagradas Escrituras durante sus homilías improvisadas y divagadoras de la Casa Santa Marta. El resultado frecuentemente no parece de ninguna manera en la historia evangélica y hasta, a veces, pone el Evangelio boca abajo.

En la homilía del 28 de marzo, por ejemplo, el Papa Bergoglio habla sobre la cura milagrosa hecha por Nuestro Señor del hombre lisiado en Betsaida contada en el quinto capítulo de San Juan. Leemos sobre el pobre hombre que es incapaz de acercarse a la piscina de aguas curativas a tiempo para cuando el Ángel mueve las aguas, porque su enfermedad se lo impide. Cuando Nuestro Señor le pregunta si quería curarse, responde: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina, cuan el agua se está moviendo; por lo cual, cuando yo voy, ya otro ha bajado antes”. Y en ese preciso momento, Nuestro Señor le cura y él toma su jergón, y se va.

¡El Papa Bergoglio de alguna manera consigue transformar esta historia conmovedora en una acusación del hombre lisiado! Como dijo a la congregación en la Casa Santa Marta: “Este hombre era como el árbol plantado a la orilla del río, mencionado en la primera lectura, pero tenía raíces áridas, raíces que no alcanzaban el agua, no podía tomar alimento del agua. Está clara su actitud de siempre quejarse e intentar culpar al otro”.

¿Qué? El hombre lisiado no estaba culpando a los otros y “siempre quejándose” sino simplemente contó a Nuestro Señor su problema de ser incapaz de acercarse a las aguas curativas porque no podía andar sin asistencia. Como el Padre Haydock explica en su comentario sobre la historia, cuando Nuestro Señor le preguntó al hombre si quería ser sanado, “Sin duda el pobre hombre no quería otra cosa. Cristo le preguntó para levantarle a una fe y esperanza vivas”. Y en efecto, el hombre respondió inmediatamente con fe y por eso fue curado como premio por su fe en el Señor.

Pero la exégesis extraña de Francisco continúa condenando al hombre hasta incluso después de su cura: “se levantó y andaba con aquella actitud perezosa. Viviendo su vida porque el oxígeno es gratis… La pereza es un pecado que nos paraliza, nos impide andar”. Por eso, según Francisco, el hombre curado era un tipo de ingrato perezoso. Pero eso es un disparate. Como el Padre Haydock explica, el hombre “se fue [se marchó] no por malicia, sino por gratitud, y dijo a los judíos que Jesús le había curado”.

Además de eso, como Nuestro Señor mismo dice al hombre cuando le encuentra en el Templo: “Bien ves cómo has quedado curado: no peques pues en adelante, para que no te suceda alguna cosa peor”. Por estas palabras, escribió el Padre Haydock, “el Salvador muestra que su enfermedad fue enviada como castigo por el pecado”. Por su fe el hombre fue sanado de sus pecados y se le concedió el favor divino de una cura milagrosa. Sin embargo, Francisco lo describe como a un ingrato perezoso que da por hecho su cura, como el oxígeno libre en el aire.

Por otra parte, la larga espera que el hombre tenía que aguantar al lado de la piscina no era una señal de pereza espiritual, sino (para citar el Padre Haydock una vez más): “la larga espera de los pacientes que sufren es una señal de la oración perseverante con la que los pobres pecadores deben solicitar la cura de sus enfermedades espirituales”.

Después de cuatro años de este tipo de cosa, no se puede negar que tenemos un Papa cuya presentación de las Sagradas Escrituras es manifiestamente no fiable y hasta contraria a su significación evidente. Eso sin considerar siquiera su teología moral, como se expresa en Amoris Laetitia, que contradice toda la enseñanza de la Iglesia sobre los preceptos de la ley divina y natural que no emiten excepciones, particularmente el Sexto Mandamiento.

Nunca en su historia ha visto la Iglesia un Papa que es una tal fuente verdadera de declaraciones dudosas y que casi diariamente levanta cuestiones sobre su propia ortodoxia, como esta página Internet compilada por sacerdotes diocesanos documentada con minuciosidad devastadora. Este fenómeno papal sin precedentes ha sucedido porque el Papa Bergoglio rehúsa respetar ninguna de las restricciones tradicionales sobre el ejercicio del oficio papal, prefiriendo decir cualquier cosa que quiera, en cualquier momento que lo piense, en cualquier foro o medio que elija.

Si un Papa elige dar rienda suelta a un torrente interminable de verbosidad descontrolada, ningún ápice de infalibilidad – ni siquiera una seguridad razonable de ortodoxia – puede posiblemente estar conectada a la emisión indiscriminada que de ello resulta. Tal es la naturaleza del Bergoglianismo y la exacerbación aguda de la crisis eclesial que representa.



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