Perspectivas sobre Fátima

El Cardenal Burke admite la catástrofe:
¿Y ahora?

por Christopher A. Ferrara
el 4 de abril de 2017

En una entrevista recientemente publicada en la crónica de Internet “Pensando con la Iglesia”, el Cardenal Raymond Burke lanzó una bomba cuyo impacto es de proporciónes históricas.

Sucedió cuando el entrevistador se quejó, muy suavemente, de los defensores sofísticos de Amoris Laetitia, Capítulo VIII, que dicen que permitir que adúlteros públicos en “segundos matrimonios” reciban la Sagrada Comunión es meramente un “desarrollo” de la doctrina. Como dijo el entrevistador, “los intérpretes y portavoces nombrados por el Santo Padre” están arguyendo efectivamente que [la prohibición anterior de la Sagrada Comunión para los divorciados y “re-casados”] está, a lo que parece, desarrollándose de una doctrina a otra”.

Y luego la respuesta explosiva del Cardenal:

¡“Y esto no puede ser! Por otras palabras, desarrollo doctrinal significa que llegamos a una comprensión más profunda de lo que es la enseñanza constante de la Iglesia, que nos permite darle una expresión más completa; pero esto no quiere decir que cambiamos la doctrina o que nos apartamos de ella, y es esa la dificultad con las personas que llaman ‘desarrollo doctrinal’ esta interpretación del famoso capítulo VIII. Si el desarrollo doctrinal significa que ahora, en la Iglesia, quienes viven en situaciones matrimoniales irregulares pueden recibir los Sacramentos, entonces esto no es un desarrollo doctrinal: es un cambio completo de la enseñanza de la Iglesia.

“De hecho, hay un comentarista en los Estados Unidos, Ross Douthat... Creo que es un convertido al catolicismo – él ha afirmado, pura y simplemente [que] a partir de un punto de vista racional, esto es el fin de la enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio – y yo pienso que él tiene razón”.

Pero lo que el Cardenal dijo que “no puede ser”, y lo que él admite significaría “el fin de la enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio” es precisamente, lo que “los intérpretes y portavoces nombrados por el Papa Bergoglio” están diciendo que ya ha sucedido.

Como el Cardenal debe saber muy bien, ya no hay duda razonable de que el Papa Bergoglio piensa que puede cambiar las enseñanzas de la Iglesia al pretender desarrollar una doctrina – que defiende que la Sagrada Comunión para los adúlteros públicos es “intrínsecamente imposible… sin excepción” dado su estado de vida objetivo – para ser exactamente su opuesto: que la Sagrada Comunión para los adúlteros públicos no es intrínsecamente imposible sino permisible y hasta elogiable en “ciertos casos”, según un “proceso de discernimiento” nunca-definido.

El Cardenal admite, por lo tanto, la existencia de una catástrofe eclesial en marcha que, en verdad, no es nada menos que la “última batalla entre el Señor y Satanás” sobre “el matrimonio y la familia” de que Sor Lucía advirtió al Cardenal Caffarra, como coparticipante del Cardenal Burke en la presentación al Papa de las dubia.

Y ahora se levanta la pregunta: ¿qué proponen que se haga, el Cardenal Burke y los Cardenales, sus colegas, sobre esta catástrofe? ¡Con todo el debido respecto, dar entrevistas a blogs de Internet no es suficiente! Lo que es necesario que hagan los miembros de la alta jerarquía, delante de todos los Príncipes de la Iglesia, es llevar a cabo una oposición abierta y activa contra este error catastrófico y, lo que es indispensable, al Papa que lo ha concebido y sustentado, y cuya difusión ha asegurado con cada pronunciamiento y nombramiento de importancia durante los últimos cuatro años.

No se puede escapar del deber de resistencia legítima al Pontífice romano sobre este punto, porque, a menos que el error sea opuesto a su fuente, su difusión desastrosa será imposible de detener, y mucho menos de revertir. Como enseñó el gran doctor de la Iglesia, San Roberto Belarmino: “así como sería lícito resistir a un Papa que invadiese un cuerpo, también es lícito resistirle al invadir las almas... y mucho más si él emprendiese destruir la Iglesia” [De Controversiis on the Roman Pontiff, trad. inglesa de Ryan Grant (Mediatrix Press: 2015), Libro II, Capítulo 29, pág. 303].

Debemos tener esperanza y rezar para que los Cardenales, encabezados por el Cardenal Burke y por los otros tres Cardenales que han publicado sus dubia, hagan lo que ninguno de nosotros puede hacer eficazmente, pero que debe hacerse para el bien de la Iglesia y la salvación de las almas: hacer frente a un Pontífice romano desorientado, oponiéndole abiertamente como siendo él la fuente de un error pernicioso.

Recordando las inmortales palabras de San Pablo sobre la censura que hizo al primer Papa por el escándalo relativamente menor cuando él había rehusado comer con los gentiles de cuya conversión estaba encargado: “Y cuando vino Céphas a Antiochia, le hice resistencia cara a cara, por ser digno de reprensión”. (Gal 2:11) Como enseñó el Doctor angélico a respecto de este incidente:

“Por lo tanto San Pablo, súbdito de San Pedro, lo había censurado en público, debido al peligro inminente de escándalo con respecto a la Fe; y, como dice la glosa de San Agustín sobre la epístola a los Gálatas 2:11, San Pedro dio un buen ejemplo a sus superiores: que si, en cualquier tiempo, sucediera que ellos se desvían del recto camino, no debe desdeñarse que sean censurados por sus súbditos”.

Si el Papa Bergoglio no ha causado “peligro inminente de escándalo con respecto a la fe”, entonces las palabras han perdido su significado. Qué los Cardenales, pues, hagan lo que debe hacerse antes de que el daño a la Iglesia llegue a ser irreparable. Recemos por el Cardenal Burke y por todos los Príncipes de la Iglesia en este tiempo de crisis sin paralelo para que ellos se levanten y hagan lo que su juramento exige. Porque, como John-Henry Westen ha observado muy correctamente sobre esta situación:

“El Papa Francisco esta, en efecto, jugando con fuego. ¡El fuego del Infierno!”