Perspectivas sobre Fátima

¿Un Papa puede renunciar y continuar siendo Papa?
La cuestión se mantiene.

por Christopher A. Ferrara
el 21 de abril de 2017

En el momento en el que Benedicto XVI celebra sus 90º cumpleaños – aún lúcido, recibiendo visitas, y haciendo comentarios espontáneos perfectamente coherentes al nivel de la prosa escrita, y hasta bebiendo cerveza – el misterio que involucra su renuncia sin precedentes del papado no solo se mantiene, sino que se intensifica.

A este respecto, Antonio Socci nos recuerda una alocución explosiva del secretario personal de Benedicto XVI, Mons. Georg Ganswein, hecha el año pasado en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. En esa ocasión, Ganswein se refirió a una “lucha dramática” durante el conclave del 2005 entre el partido de “sal de la tierra” alineado con Juan Pablo II, y el llamado “grupo de Saint-Gallen” que conspiraba para elegir al Papa Bergoglio, y que finalmente venció a continuación de la renuncia repentina de Benedicto XVI en el 2013.

Ganswein situó la “lucha dramática” del 2005 en el contexto de la referencia del antiguo Cardenal Ratzinger, poco antes de su elección ese año, a una lucha entre “Cristo Mismo y ‘la dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo’”. La frase “dictadura de relativismo que no reconoce nada como definitivo” parece ser una descripción adecuada del procedimiento general del pontificado bergogliano hasta ahora.

Socci también nos recuerda que, en la misma alocución reveladora, Ganswein se refirió a la resignación de Benedicto XVI como siendo un “paso bien considerado de importancia milenaria”. Y, refiriéndose al relámpago que alcanzó la cúpula de San Pedro en el día en que la resignación fue anunciada, Ganswein afirmó: “raramente los cosmos han acompañado de forma más impresionante una coyuntura decisiva en la historia”.          

Sin embargo, lo más notable de todo fueron las declaraciones de Ganswein de que el pontificado de Benedicto XVI era “un pontificado de excepción”, visto que Benedicto XVI, al renunciar apenas el “ejercicio” del cargo petrino y declarándose como “Papa emérito” “introdujo en la Iglesia Católica una nueva institución del ‘Papa emérito’… Esta “nueva institución”, supuestamente creada solamente por Benedicto XVI, significa, según Ganswein, que Benedicto XVI “no abandonó, de algún modo, este ministerio”, sino que “integró el cargo personal con una dimensión eclesial y sinodal, casi un ministerio común” con su sucesor.

Pero, concluyó Ganswein en un obvio non sequitur, “Por lo tanto, no hay dos Papas, sino, en verdad, un ministerio ampliado con un miembro activo y otro contemplativo”. ¿Pero cómo puede haber un ministerio papal “ampliado”, con la asociación de un miembro activo y otro contemplativo, a menos que ambos, los participantes en este ministerio papal ampliado, sean Papas? De hecho, el Cardenal Müller mismo, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha declarado (como Socci también señala) que, “por primera vez en la historia de la Iglesia, tenemos el caso de dos Papas legítimos y vivos”.

La noción es un disparate, pero un disparate muy revelador. Porque si Benedicto XVI había renunciado al papado con la idea de mantenerse como miembro contemplativo del ministerio petrino, él mismo lo estaba “ampliando” por primera vez en la historia de la Iglesia, entonces la validez de la renuncia parece depender completamente de la creencia que él tenía de poder de alterar la mismísima naturaleza del papado al incluir en ella un Papa “emérito” por medio de su propio acto singular, un acto que no se arraiga, de modo alguno, en la historia o en la tradición de la Iglesia.

Pero el Papa ciertamente no posee tal poder de alterar la naturaleza del papado establecido por Cristo como un cargo a ser ocupado por un solo hombre hasta su muerte o renuncia válida (como en el caso de Papa Celestino, que retomó su nombre original y su situación de eremita).

Ahora, si Benedicto XVI está errado cuanto a la validez de su novedad, se levanta la pregunta: ¿Cómo puede ser que su tentativa de renunciar a la parte “activa” del papado al mismo tiempo que conserva la parte “contemplativa” no se opone a la ley de la Iglesia (Canon 188), que determina que “[una] renuncia hecha por un … error sustancial… es inválida por ley?” Esto ni siquiera es discutir el elemento del “miedo grave que es infligido injustamente o debido a la malicia”, que el mismo canon reconoce además como fundamento para la invalidez de una renuncia – en este caso, “el miedo a los lobos” al que Benedicto XVI mismo aludió al inicio de su pontificado: “Rezad por mí, para que yo no huya por miedo de los lobos”. ¿Serían acaso los lobos de Saint-Gallen?

Socci escribe que, en estas circunstancias tan extrañas, puede bien ser que “Benedicto XVI halla dejado a Dios la tarea de escribir el capítulo final de su historia, que podría ser muy sorprendente”. Como ya dije antes en estas páginas, estoy convencido de que no sabemos ni la mitad de la historia de la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Sin embargo, tal vez muy en breve vamos a conocerla toda.