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Perspectivas Sobre Fátima
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¿Una farsa de renuncia?

por Christopher A. Ferrara
el 5 de mayo de 2017

Durante la presentación del libro, Un Papa valiente, sobre el reinado breve y misteriosamente terminado de Benedicto XVI, el Arzobispo Rino Fisichella, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, lanzó esta pequeña bomba:

“No estoy de acuerdo con la expresión ‘Papa Emérito’ que teológicamente levanta más problemas que resuelve. Podría haber otros Papas en el futuro que presentasen su renuncia. ¿Alguien puede afirmar que esto no sucederá? Pero si viniere a suceder, pienso que se debería usar otro termino. Y, en cualquier caso, propongo no usarlo y no usaré aquí la expresión ‘Papa Emérito’”.

Considerad las implicaciones: El Presidente de un Consejo Pontificio expone públicamente que es teológicamente sospechoso el concepto propio de “Papa Emérito”, inventado literalmente por Benedicto XVI para caracterizar el resultado de su renuncia sin precedentes del ministerio “activo” del “Obispo de Roma”, manteniendo al mismo tiempo – así lo asegura – su aspecto “pasivo” de oración y contemplación.

Claro que Fisichella tiene razón. El concepto de un “Papa Emérito” crea, en verdad, más problemas de los que resuelve. No sirve decir que el título de “Papa Emérito” es semejante a “Obispo Emérito” – que también es una novedad de la época postconciliar, así como la edad de “jubilación” obligatoria para los Obispos (como Fisichella también observa). Porque, por lo menos, un “Obispo Emérito” todavía es Obispo, habiendo recibido la plenitud intrínseca del orden sacerdotal en el momento en que fue consagrado por la imposición de las manos. Será, por lo tanto, Obispo hasta morir, de tal manera que, aun después de cesar el ejercicio de la jurisdicción de un ordinario local, aún sería apropiado ser mencionado como Obispo X o “Su Excelencia Reverendísima”.

Pero un Papa que es elegido por un conclave no es objeto de un sacramento que deja una marca indeleble en su alma, sino de una elección que lo designa para un cargo, aunque sea el cargo más alto de la Iglesia. Por esta razón ninguno de los pocos Papas que renunciaron en el pasado se declararon como Papa “Emérito”, sino simplemente retomaron la situación que tenían antes de ser elegidos. Por ejemplo, considerad el caso del Papa Celestino V, que renunció debido a su propia incompetencia para el cargo y reasumió el uso de su nombre de Bautismo, Pietro Angelerio; o el caso del Papa Gregorio XII, que renunció para que acabase el Gran Cisma de Occidente, cuando había tres rivales que pretendían el trono papal (incluso el anti-Papa Juan XXIII, que también renunció), habiendo llegado a ser después Obispo de Porto por nombramiento de los mismos Cardenales que le hubieron elegido Papa.

¿Qué debemos pensar de la renuncia del Benedicto XVI, entendiendo por lo visto que, como él se ve a sí mismo, es Papa aún de una cierta manera, al mismo tiempo que dice – disparatadamente (francamente hay que decirlo) – que hay sólo un Papa, que es Francisco? ¿Qué debemos pensar cuando el jefe de un Consejo Pontificio desvaloriza educadamente como un absurdo teológico la idea de un “Papa Emérito” rehusando hasta usar el término que Benedicto XVI se aplica a sí mismo?

No propongo una respuesta definitiva a estas preguntas. Pero hay un pensamiento que definitivamente me ocurre: Por lo menos, la “renuncia” de Benedicto XVI, que alegremente sorbe cerveza en el Vaticano y hace observaciones perfectamente coherentes a los 90 años de edad, vestido de blanco papal – es una farsa de proporciones históricas – una farsa que Fisichella mismo ha revelado como tal, desvalorizando simplemente toda la construcción teológica de Benedicto XVI como si no tuviese importancia alguna. (A propósito, voló por el aire el compromiso de Benedicto XVI de quedar “escondido del mundo” después de su renuncia. El mundo hasta ha sido informado sobre la fiesta de su cumpleaños, con un video).

La Historia dará el juicio final al significado teológico y jurídico de esta farsa. O tal vez la respuesta ya esté revelada en el Tercer Secreto integro, que sin duda incluye la explicación de la Santísima Virgen sobre el caos eclesial que estamos atestiguando.




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